Caen los actuales en nuestros jardines y han caído ya los añejos.
No sé qué mal designio les acecha que en llegando a los siglos XX y XXI cuando mayor conciencia ambiental parece haber, más rápida y sigilosamente se van por el sumidero de la destrucción.
Hoy les voy a hablar de dragos que vivieron en El Toril ese rincón que queda al borde del Guiniguada entre las actuales calles del Castillo y la de Juan de Quesada y que acoge en sus traseras porciones con arboledas que merecieron llamarse Jardines de El Toril o el Toril verdeante.
Escondido entre edificios resaltaban estas enormes figuras arboladas, verdadera infraestructura natural para una ciudad culta, entre viejos edificios señoriales como esta trasera de la casa del Obispo Verdugo.
Quedan lo que parece un inmenso laurel de indias, crecido libre de podas y también destacan una palmera canaria, un drago y un ejemplar de árbol tropical aún desconocido para mí.
Y cuando realizo la prospección histórica, cuando reviso esos archivos digitales que nos hacen refrescar la memoria, veo que fueron cuatro los dragos de El Toril.
¿Primos o parientes del de la Plaza del Espiritu Santo? No lo sé aún.



