Me fascinan las leyendas
asociadas a la naturaleza. Una muy simpática es la que cuenta Leoncio Rodríguezreferente a la palma de los dátiles sin hueso que, para que el bueno de Diego
de Alcalá no se volviese a partir un diente cuando comía su ración de dátiles allá
en Betancuria, Dios hizo crecer en ese valle majorero.
Pero también aquí, en el Paseo de
Chil donde el viejo doctor las observa desde su pedestal, hay palmas que dan
dátiles sin hueso.
