Siempre hemos asociado al volcán con destrucción y muerte. Pero cuando llega la calma, cuando se enfría su magma interno, se convierten en acogedores refugios de cientos de animales, de padres y crías, de sonidos de vida.
Vuelos y algarabías nocturnas de pardelas, escandalosos griteríos de gaviotas, tímidos piares de petreles y paiños de Bulwer, aguerridos halcones peregrinos y aguilillas, escurridizas aletas, majestuosas y señoriales águilas pescadoras, conviven al unísono en un mismo entorno.
Este conjunto de islas jóvenes, volcanes apagados en el océano, aparecen como castillos aislados, atalayas desde donde otear los riesgos, refugios alejados de fuentes de peligros, con numerosas oquedades y cuevas donde criar y procrear, con abundantes recursos en un circundante mar generoso para sobrevivir.
El Archipiélago Chinijo, originariamente volcanes en su interior, lo conforman sin embargo un pequeño conjunto de verdaderos corazones palpitantes de vida cuya protección debe ser una de las prioridades de la política de conservación de Canarias.
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miércoles, 10 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
53. HUMBOLDT EN LA GRACIOSA
No fue la grandiosidad y armonía del Valle de La Orotava la primera impresión canaria del célebre naturalista.
Entre sus emociones más vividas, las primeras alabanzas de las Islas Canarias surgieron entre las aguas del pequeño archipiélago del norte de Lanzarote. Y es La Graciosa, la octava isla, la pequeñita, la que tiene el honor y el mérito de haber acogido por primera vez el pie de tan insigne visitante.
Fue un hecho fortuito. La corbeta Pizarro, que viajaba desde la Coruña a Panamá, tuvo que desviarse de su ruta y resguardarse, entre el 16 y 18 de junio de 1799, entre los islotes del norte de Lanzarote para evitar el asedio de varios navíos ingleses fondeados en la rada de Santa Cruz de Tenerife.
El 17 de junio de 1799, Humboldt bajó a tierra y recorrió un tramo de La Graciosa. Fue allí donde entabló su primer encuentro con un paisano canario, un humilde pescador graciosero, que les orientó en su búsqueda de noticias sobre los navíos ingleses y sus andanzas.
“ Nada sabría expresar la emoción que siente un naturalista cuando pisa por primera vez un suelo que no es europeo. La atención se fija sobre un gran número de cosas. A cada paso creemos encontrar una producción nueva y, en esta agitación, no reconocemos a menudo aquellas que son más comunes en nuestros jardines de botánica y en nuestras colecciones de historia natural.”
Recolecta material geológico, describe líquenes, establece comparaciones entre la tierra graciosera y la napolitana de Torre del Greco, a la sombra del Vesubio, y, en las noches a bordo realiza observaciones sobre el relieve costero de Lanzarote, recolecta algas y animales marinos, se extasía con la fosforescencia del mar y con la belleza del cielo nocturno.
“ No podíamos dejar de admirar la belleza de las noches: nada se asemeja a la transparencia y a la serenidad del cielo africano. Estábamos sorprendidos de la prodigiosa cantidad de estrellas fugaces que caían a cada instante.”
A pesar de las diecisiete páginas dedicadas a estos islotes en su obra más famosa, “ Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente”, en La Graciosa, la primera isla pisada por este naturalista cuya fama supera la de cualquier otro, no existe ni una sola referencia, ni un solo recuerdo, ni un solo homenaje a su paso.
Entre sus emociones más vividas, las primeras alabanzas de las Islas Canarias surgieron entre las aguas del pequeño archipiélago del norte de Lanzarote. Y es La Graciosa, la octava isla, la pequeñita, la que tiene el honor y el mérito de haber acogido por primera vez el pie de tan insigne visitante.
Fue un hecho fortuito. La corbeta Pizarro, que viajaba desde la Coruña a Panamá, tuvo que desviarse de su ruta y resguardarse, entre el 16 y 18 de junio de 1799, entre los islotes del norte de Lanzarote para evitar el asedio de varios navíos ingleses fondeados en la rada de Santa Cruz de Tenerife.
El 17 de junio de 1799, Humboldt bajó a tierra y recorrió un tramo de La Graciosa. Fue allí donde entabló su primer encuentro con un paisano canario, un humilde pescador graciosero, que les orientó en su búsqueda de noticias sobre los navíos ingleses y sus andanzas.
“ Nada sabría expresar la emoción que siente un naturalista cuando pisa por primera vez un suelo que no es europeo. La atención se fija sobre un gran número de cosas. A cada paso creemos encontrar una producción nueva y, en esta agitación, no reconocemos a menudo aquellas que son más comunes en nuestros jardines de botánica y en nuestras colecciones de historia natural.”
Recolecta material geológico, describe líquenes, establece comparaciones entre la tierra graciosera y la napolitana de Torre del Greco, a la sombra del Vesubio, y, en las noches a bordo realiza observaciones sobre el relieve costero de Lanzarote, recolecta algas y animales marinos, se extasía con la fosforescencia del mar y con la belleza del cielo nocturno.
“ No podíamos dejar de admirar la belleza de las noches: nada se asemeja a la transparencia y a la serenidad del cielo africano. Estábamos sorprendidos de la prodigiosa cantidad de estrellas fugaces que caían a cada instante.”
A pesar de las diecisiete páginas dedicadas a estos islotes en su obra más famosa, “ Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente”, en La Graciosa, la primera isla pisada por este naturalista cuya fama supera la de cualquier otro, no existe ni una sola referencia, ni un solo recuerdo, ni un solo homenaje a su paso.
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domingo, 7 de febrero de 2010
42. UNA CHINIJA PIEZA DE JOYERIA.
Conocía a sus parientes de la laurisilva, aquellas “cochinitas” que vivían debajo de las macetas, entre el estiércol de las cabras, en cualquier rincón húmedo del jardín.
Jugábamos con ellas, las tocábamos con el dedo y, rápidamente, se encogían, se enrollaban como una bolita esperando a que pasara el peligro. Eran pequeñas, grises y, a nosotros, se nos antojaban vulgares y monótonas. Cuando mi madre barría el patio y levantaba las macetas alineadas contra el muro de la casa, era más emocionante escuchar su grito de terror y pánico cuando descubría alguna “lisa” escondida que cuando salían rodando estas bolitas delante de la escoba.
Por eso, esta joya de cochinilla de La Graciosa sorprende tanto. Este precioso crustáceo lo encontramos debajo de una piedra cercana a Caleta del Sebo.
Convivían allí varios ejemplares con diferente tamaño. Es Porcellio spinipes, propio de las islas orientales y vinculado a Porcellio albidus presente en el Norte de África.
Sus colores amarillo-limón destacan de un modo extraordinario. Además, es mucho mayor que las que conocía. En mis manos, con esa simetría de sus pies, de su caparazón, con sus delicadas antenas, con esa distribución tan armoniosa de sus manchas de color, se me antoja como una fina y chinija pieza labrada por un joyero de los dioses para la Naturaleza Canaria.
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