En casa tenemos afincadas unas colonias de hormigas argentinas que van y vienen a no sé que ritmo.
Tienen sus propios nichos y se comparten con otros visitantes y residentes urbanos de la “hermandad entomológica” -como la llama Ryszard Kapuscinski en Viajes con Heródoto- que se instala en los entresijos de nuestra vieja casa trianera muy a pesar del resto de la familia, por mi oposición acérrima a utilizar flises y otros productos tóxicos matabichos.
Antes preferiría tener cerca a Abdou –ver capítulos “Escenas de locura y sensatez” y “El Descubrimiento de Heródoto” del libro citado- y le pediría que impregnase mi casa con los aromáticos sahumerios que ahuyentan a los enjambres de insectos que tanto molestan a Kapuscinski.